
La cuestión filosófica del Bien y el Mal queda temporalmente resuelta:
El Bien es el cese del Mal.
El Mal es el cese del Bien.
Sin saberlo, había estado visitando con ingenua asiduidad (y asidua ingenuidad) una zona franca, un lugar de reglas desconocidas, reglas que establecían unos indivuduos visibles y presentes, que andaban por ahí olisqueándolo todo como perros.
Un día, uno de estos días, próximo, muy próximo, cuando los polos se derritan (un poco más, y luego otro poco, y luego... etc) y los Es!-pañoles supervivientes vivamos (es un plural majestático, por supuesto) en la isla de Madriz, colapsaremos los psiquiátricos, seres deshilachados y perseguidos por el atronante recuerdo de aquellas lubinas gigantes que enfurecidas salieron del mar a vengarse a dentelladas. Miles de viscosos colmillos redondos devastarán los más bellos de nuestros recuerdos de cuando aquélla necia borrachera, de cuando aquél estúpido y baboso encandilamiento, de aquél paseo por la playa entre los efluvios de las cremas solares.